La rivalidad entre hermanos y hermanas es natural. Nace de un sentimiento de supervivencia emocional. Lo explica la psicopedagoga, Anna Serra Dolcet. “Es el miedo a lo desconocido, un instinto de supervivencia que arrastramos toda la vida y que emerge cuando llega un cambio en nuestras vidas”, explica.

Los celos no son un sentimiento exclusivo de los niños. Los adultos también la sentimos y, a menudo, la manifestamos en entornos familiares, de amistad o en el lugar de trabajo. Por ello, defiende Anna Serra, la llegada de una segunda criatura es un buen momento para revisar cómo vivimos nosotros esta emoción y si tenemos las herramientas para canalizarla positivamente, como queremos que lo hagan nuestros hijos.

El reto es mayúsculo. Liberarnos del mainstream “sólo hay lugar para el líder”, del binomio “ganador-perdedor”, es desmontar una creencia muy arraigada en nuestra sociedad. Pero es imprescindible para arrinconar inseguridades, miedos y negatividades, y dejar paso a la pluralidad y la diversidad. Y es, también, imprescindible para dar espacio a un segundo niño.
Las criaturas compiten de forma instintiva por el amor y la atención de los padres, para hacerse un lugar en la familia. Esta competencia varía en intensidad, dependiendo del momento y de la edad. Como adultos debemos tomar conciencia de que la rivalidad es natural y necesaria para que acabe convirtiéndose en un aprendizaje para la vida. “Si dejamos de verla como algo negativo, encontraremos las herramientas para transformarla”, afirma Anna Serra.

¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos a tener una relación sana? ¿Cómo actuar ante un conflicto?

  Lo primero es autorresponsabilizarnos. Y esto, según la psicopedagoga Anna Serra, significa hacer un trabajo previo como adultos. “Por muchos libros que leamos, si tenemos cosas pendientes, enojos guardados por celosías o rivalidades, necesitamos primero enfocarlos desde una mirada madura,” explica. “A veces, los adultos resolvemos un conflicto entre nuestros hijos pensando: ‘Me ha quedado un discurso para enmarcar’. Pero son palabras vacías si no nos lo aplicamos a nuestra vida. La educación parte de la autoeducación“, afirma.

El segundo es ocuparnos del conflicto. Esto no significa solo paliar la crisis, sino ocuparnos de identificar el malestar y buscar el origen. Los momentos de gran explosividad, a menudo, camuflan emociones contenidas y sostenidas en el tiempo. Por ello, no solo es importante el qué sino el cómo. Quizás tendremos que replantear ritmos, ambiente y cuidados en casa.

El tercero es mediar y no juzgar. Reforzamos la rivalidad entre hermanos/as cuando nos decidimos por uno de ellos, damos la razón o tomamos partido, como una juez que emite un veredicto. No debemos buscar nunca un culpable, esto nos vuelve a situar en el binomio ganador-perdedor. Debemos poner la mirada en las dos criaturas. Ambos necesitan ser escuchados, tanto el que da como el que recibe.

Evitar comparaciones. Los adultos comparamos y esto hace que los hermanos se miren de reojo pensando quién es mejor o peor. A veces también nos proyectamos en ellos/as y pronosticamos cómo deben comportarse o cómo deben ser. Y eso no les deja espacio para ser como ellos/as son y los puede llevar a la inseguridad o la celosía.

Encontrar maneras de estar enfadado sin perder el respeto. Esto nos pasa a adultos y niños. Cuando nos enfadamos, a menudo, cruzamos barreras que hieren la autoestima. En adultos, afortunadamente, se han reducido mucho las peleas físicas, pero aún predominan los insultos y los gritos. Es importante aplicarnos y transmitir que tenemos derecho a enfadarnos, pero que tenemos que hacerlo dentro de un marco de salud emocional. Una manera útil de hacerlo es poniendo palabras a lo que nos pasa. ¿Qué te ha molestado? ¿Qué necesitas? ¿Cómo lo podemos hacer para que no se repita? Si gestionamos los conflictos con mucha rabia o acusación, se lo transmitimos a los niños. Es importante actuar desde la calma.

Cuidar el lenguaje. Las criaturas están muy atentas a nuestro comportamiento, nuestras reacciones y nuestras palabras. Es importante ser conscientes de cómo pensamos y cómo hablamos cuando discrepamos de las personas con las que convivimos en casa o en el trabajo.

Tampoco es recomendable el exceso de palabras. “No hay que razonarlo todo, depende de qué edad si empezamos a poner muchas ideas, los podemos bloquear. Por eso es importante conocer cada etapa que necesita y que está neurológicamente preparado para entender. Aquí también hay un trabajo de preparación del adulto.

¿Hay que pedir perdón? El perdón impuesto no va a ninguna parte, según la psicopedagoga Anna Serra. A veces, lo necesitamos más los adultos para poder dar por cerrado un problema que los niños. Si obligamos a pedir perdón, esto no tiene ningún efecto positivo sobre la criatura. Para poder perdonar, antes la criatura necesita empatía también con lo que ha sentido. Si no hay este proceso, es muy difícil que el niño empatice con el malestar del otro/a.

¿Y los abrazos? Los abrazos son positivos si se hacen en el momento oportuno. A veces los adultos nos desbordan las situaciones de malestar y queremos llegar a la conciliación muy rápido. Pero cada niño necesita su tiempo para gestionarlo emocionalmente y no se puede forzar. El abrazo puede llegar al cabo de una hora y, de hecho, no es necesario que sea un abrazo. Puede ser una mirada o un gesto.

Entrevista publicada en criar.cat y escrita por Irene Ramentol

AFA, Centro Educativo, Corporación Para ampliar el contenido tenéis a vuestra disposición la Conferencia: LA RELACIÓN ENTRE HERMANOS/AS. ¿Cómo transformar los Celos y la Rivalidad?